Generación Z: la juventud agotada
Por: César Escallón
La Generación Z vive una paradoja cruel: conectada con todo, pero profundamente desconectada de sí misma. Crecieron viendo el mundo a través de pantallas, comparando su vida con filtros y likes, y aprendieron muy pronto que no basta con esforzarse; siempre habrá alguien más rápido, más inteligente o más “perfecto” que ellos. La presión por cumplir estándares irreales genera ansiedad, depresión y un constante miedo a fracasar, como si equivocarse fuera un crimen.
El mercado laboral tampoco los perdona. Prometen creatividad y adaptabilidad, pero pagan con salarios bajos, contratos temporales y expectativas inalcanzables. La estabilidad económica que sus padres tuvieron parece un mito lejano. Estudiar ya no asegura oportunidades; formarse es apenas un requisito mínimo en un mundo que exige perfección, eficiencia y rapidez sin descanso.
La Generación Z también carga con los problemas globales: crisis climática, violencia, desigualdad y corrupción. La sobreexposición a noticias e injusticias los hace sentir impotentes, como si fueran responsables de un caos que heredaron sin pedirlo.
El mensaje es claro: esta generación es resiliente y consciente, pero también vulnerable y explotada. Vivir conectados no les da seguridad, crecer no les da oportunidades y soñar no les asegura un futuro. La sociedad mira, critica y juzga, mientras ellos luchan por encontrar un espacio donde simplemente existir sin culpa ni presión. Ignorar esta realidad es condenarlos a sobrevivir, no a vivir.






