Un monumento al despilfarro en Neiva
Por: César Escallón
En Neiva sí hay fútbol… lo que no hay es dignidad. Porque, aunque usted no lo crea, en el Guillermo Plazas Alcid sí se están jugando partidos. ¿Cómo? Pues con valentía, resignación y una buena dosis de fe cristiana. El estadio, ese adefesio en “remodelación” desde 2014, parece más campo de batalla post-apocalíptico que escenario deportivo. Pero ahí seguimos, poniendo la cara.
Los equipos visitantes llegan y no saben si están en una cancha profesional o en una película de guerra. Las graderías están oxidadas, las instalaciones parecen setentas con guayabo, y la infraestructura grita “emergencia” a todo pulmón. Pero no importa: ¡la pelota rueda! Porque aquí todo se resuelve con cinta, promesas y “ya casi”.
Después del colapso de 2016 que dejó muertos y heridos, cualquiera pensaría que iban a tomarse en serio la cosa. Pero no. Once años después seguimos con “estudios técnicos”, “nuevos diagnósticos” y comunicados llenos de humo. Lo último es que la Universidad Nacional está evaluando si el estadio merece una segunda vida. Mientras tanto, los jugadores calientan al lado de un hueco y los hinchas se sientan con miedo a quedar atrapados entre escombros y maleza.
Neiva no necesita milagros. Solo necesita que, por una vez, las obras públicas se hagan bien. Pero eso sí que parece ciencia ficción.






