Huila: tierra de café, bambucos… y plomo parejo
Por: César Escallón
Ay, mi Huila del alma, ¿cuándo fue que pasamos de cantar rajaleñas a contar muertos con calculadora? Antes decíamos que aquí lo más bravo era el sancocho con ají, pero ahora nos estamos desayunando con motos bomba, amenazas y combos armados que patrullan como Pedro por su casa.
La cosa está tan fregada que hasta los concejales se nos están yendo del país. ¿Y quién no? Si por menos de eso a uno le tiembla hasta el WiFi. Mientras tanto, las disidencias—sí, esos mismos que firmaron la paz, pero se arrepintieron como ex tóxica—andan cobrando vacunas, marcando territorio y haciendo campañas del miedo, pero sin votos. Y el Gobierno, allá en Bogotá, como siempre: mandando trinos, comunicados de “enérgico rechazo” y recompensas que no atrapan ni una gallina.
Eso sí, no falta el general con cara de póker diciendo que “la situación está controlada”. ¿Controlada por quién? Porque aquí el único control que se ve es el de las disidencias sobre las trochas, los líderes sociales y hasta las fiestas patronales.
Y de la paz total, mejor ni hablemos. Esa vaina ya parece chiste de mal gusto: total sí, pero de incertidumbre, de miedo y de abandono estatal.
Mientras tanto, el huilense, como siempre, aguanta callado, con el machete en la cintura y el alma en vilo, rezando pa’ que no le llegue la guerra al patio.






